Umbral: Prólogo. (Bosquejo)
“Es extraño ya no escuchar el canto en cada madrugada de los pájaros que se paseaban por mi ventana, el cielo se ha vuelto egoísta dejándonos sin el calor del sol por el día y sin la luz de las estrellas por la noche. La lluvia nos recubre y se a convertido en nuestra amante durantes meses”...
Umbral: Entidad
Escondida en mi habitación y con mi único oyente mi diario de vida empiezo a sentir la necesidad de plasmar mis emociones en el, mi nombre es Anais Landró soy una joven de tan solo veinte años pero con un pasado que me pesa y no me deja ser una chica normal de mi edad. Desearía disfrutar cada segundo con mis seres queridos pero ellos no me lo permiten, me paso días enteros encerrada recordando mi niñez junto a mi madre y criticándome ¿Por qué no hice nada para cambiar el destino? Vivo en un infierno junto a Miguel mi Padre y mi hermano menor Darío, ellos viven un mundo completamente diferente al mío sin integrarme al suyo, nos los juzgo yo no hago nada para remediarlo pero es que no me dan ni ganas de verles las caras.
Decidí estudiar trabajo social por que me llena como persona, siento la necesidad de auxiliar a los demás, es mi único pasa tiempo para olvidarme de mi realidad, no soy muy buena en tener amigos de echo solo comparto con mi compañera de puesto Marion que me hace sonreír de ves en cuando con sus incoherencias pero no es un pilar en la que yo pueda apoyarme.
Los días van de mal en peor, no para de llover y eso me perjudica ya que debo regrésame después de la Universidad inmediatamente a mi casa y es hay cuando caigo de golpe a mi crudo vivir, durante dos años e caído en una depresión y mi cuerpo a sufrido en gran parte, como persona no me siento bien, me miro en un espejo y me siento horrible estoy llena de heridas en mis brazos y piernas y sin duda es eso lo que hace que el sexo opuesto ni siquiera se de un segundo en mirarme. La soledad me abriga y la cobardía se hace sentir de ves en cuando haciéndome pensar que estoy demás pero miro el retrato de mi dulce madre y veo su sonrisa y es ella la que me tiene en pies aun.
-Anais baja, es hora de cenar- Una voz ronca. Debo bajar, es mi padre que me llama y si me tardo es capaz de subir a buscarme y quemar este diario.
Cerré mi diario y lo guarde en la almohada como gesto de protección, decidí abrir el closet y buscar una blusa que protegiera mis brazos para no exponerlos al frente de ellos, era una de mis blusas favorita de color azul, por cierto mi color preferido me recuerda a los ojos de mi madre, me la abroche algo asustada, no se, no me gusta esta instancia del día e ir a compartir con mi padre y mi hermano por que siempre se provoca una pelea y es ahí donde más me atacan –Me apresure y baje las escaleras- Cuando llegué al comedor los dos hombres del hogar estaban sentados y con un rostro no muy amigable -¿Hay que mandarte invitación para que bajes a comer a buena hora?- Señalo mi Padre. Ofrecí mis disculpas y me senté con la mirada baja, pasaron cerca de quince minutos y el silencio era tenso no volaba ni una mosca, pero pensar mucho provoca reacciones y de repente cae la primera pregunta -¿Cómo te ha ido en tus clases Darío? –Bien como siempre, las matemáticas son mi pasión y tu sabes que mi sueño es ser como tu, un gran ingeniero- Concluyo con su habitual ego. Mi padre continuo cenando y de la nada empezó atacarme –Me parece muy bien Darío y no seas un mediocre como tu hermana que ve el mundo de pétalos y flores- Me quede callada y sonreí irónicamente.
El apetito se me había acabado y pedí permiso para retirarme a mi habitación, no me sentía bien y con la presencia de ellos dudaba mejoría. Sin pensarlo provoco una reacción negativa de inmediato, mi padre se altero y me insulto -¿Quién te crees? Acaso te vas a retirar de la mesa sin siquiera haber comido- Le reiteré, -No me siento bien y quiero ir a recostarme- Mi cara lo decía, no era necesario haberle repetido. -¡Me importa una mierda como te sientas! Te quedas en la mesa hasta que yo y tu hermano terminemos de cenar, mal enseñada- Después de todo fue más sutil hay días que son peores.
Por fin se acabo el calvario y pude regresarme a mi habitación cansada y con ganas de llorar, ¿No podía entender por que mi familia actuaba así? Decidí abrir mi diario y volver a mis recuerdos de esos días de sol con agradable temperatura donde salía con mi madre a jugar por el parque sin importarme nada y alegrándome cuando me decía que yo era su única razón de vivir, siempre me pidió con ansias que si ella no estuviera yo cuidaría de mi padre y de mi hermano que hasta entonces venia en camino, ya que yo seria la tranquilidad entre dos volcanes, ahora entiendo por que me lo recalcaba siempre que podía.
No me gusta acordarme de ese año que cumpliría cuatro años y como regalo tendría a mi hermano que me acompañaría y seria mi alegría en días de pena. Mi madre los últimos tres meses de embarazos los paso muy enferma y se la pasaba acostada, ya no salíamos a jugar y a pesar de mi niñez me preocupaba, era capaz de darme cuenta que ella no estaba bien y me afectaba. Llego el día del parto, el día que tanto anhelamos juntas, un veinte dos de noviembre, recuerdo detalladamente como comenzó aquella jornada. Los gritos se escuchaban por toda la casa, mi madre estaba con contracciones, ese día era mi cumpleaños y era doblemente emocionante para mí, no importaba el pastel, ni los invitados, solo quería conocer a mi ansiado hermano y por supuesto ver a mi madre mejor.
Subimos al auto lo más rápido posible, me sentí tan importante ya que mi padre por primera vez me dijo que me sentara adelante –Anais ponte el cinturón de seguridad, no quiero que te pase nada- Solo recordar esas palabras me llenan los ojos de lágrimas. Mi padre encendió el vehículo y partimos a la clínica más cercana, mi madre iba recostada en los asientos de atrás respirando profundo pero con mucho dolor. Fueron los minutos más largos de mi vida, estaba nerviosa, ansiosa, preocupada, solo quería que llegáramos pronto.
De ves en cuando miraba a mi padre, pero el como siempre serio sin ningún gesto, su mirada era fría. Comenzó alterarse por que justo topamos con un taco en pleno centro de la ciudad, recuerdo que mi madre le decía: –Relájate, todo saldrá bien, pero no te alteres- Antes de quedarse dormida de dolor, nunca imagine que serian las últimas frases que escucharía de mi amada madre.
La congestión automovilística comenzó a fluir, hasta por fin llegar a nuestro destino, papá se detuvo bruscamente afueras de la clínica y exigió una camilla para transportar a mi madre que ya venia inconsciente. (...)
La música cura los sentimientos.
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